Relojes y anillos han dejado de contar pasos. Ahora dan un VO2 máximo, una puntuación de recuperación, una calidad de sueño y, cada vez más, una edad biológica: un número que dice si tu cuerpo se comporta como el de alguien mayor o menor de lo que pone en tu DNI. Se comparte en las comidas familiares y se toma bastante en serio. Merece la pena saber de dónde sale cada cosa, porque no todas tienen el mismo fundamento.
El VO2 máx es una estimación, no una medición
El consumo máximo de oxígeno es una medida real y bien establecida de capacidad aeróbica. Medirla de verdad exige laboratorio: cinta o bicicleta, mascarilla y análisis del aire espirado. Eso es lo que se considera la referencia.
Lo que hace un reloj es otra cosa: estimarla a partir de la frecuencia cardiaca, el ritmo y la distancia, con un modelo estadístico. Puede acercarse, pero es un cálculo indirecto, y vale la pena saber cuánto se desvía.
Un estudio de validación publicado en PLOS One en mayo de 2025 comparó el VO2 máx del Apple Watch con la medición de laboratorio en 28 personas. El reloj lo subestimó: una diferencia media de 6,07 ml/kg/min, un error absoluto medio de 6,92 y un error porcentual del 13,3 %. Los autores concluyeron que la magnitud del error se parece más a la de las pruebas submáximas tradicionales que a la de una medición de referencia, y recomendaron prudencia al usar el dato para algo que no sea seguimiento general.
El detalle que casi nadie cuenta: quién estaba en ese estudio
Aquí está lo que convierte un dato técnico en algo que te afecta. Los participantes de ese estudio tenían una media de 32 años, y tres de cada cuatro estaban clasificados en condición física «excelente» o «superior». Los propios autores lo apuntan como limitación: la muestra estaba escorada hacia gente joven y en muy buena forma, lo que limita la generalización a poblaciones con menos condición física.
Traducido: cuando un reloj le da un VO2 máx a una persona de 68 años, lo está haciendo con un modelo construido y comprobado sobre gente que no se le parece. No significa que el número sea inútil. Significa que su margen de error en esa franja de edad no está medido, y que tratarlo como un dato clínico es pedirle algo que no puede dar.
La dirección, no la cifra
Un aparato que se equivoca siempre en el mismo sentido sigue sirviendo para ver si algo mejora o empeora a lo largo de los meses, aunque el número absoluto esté desplazado. Comparar el 34 de hoy con el 31 de marzo dice más que compararlo con el 38 del cuñado, que además lleva otra marca y otro modelo.
La «edad biológica» es la parte más floja
El VO2 máx al menos corresponde a una magnitud fisiológica definida y medible. La «edad biológica» de un reloj o un anillo, no. No existe una definición estándar ni un método común para calcularla. Cada fabricante compone la suya mezclando lo que su aparato recoge —frecuencia cardiaca en reposo, variabilidad del pulso, sueño, actividad, a veces temperatura— con la fórmula que ha decidido usar, que además no suele hacer pública.
Eso explica algo que mucha gente comprueba por su cuenta: dos aparatos distintos, en la misma muñeca y la misma semana, pueden dar edades biológicas que no se parecen. No es que uno falle. Es que están calculando cosas distintas y llamándolas igual.
En el terreno científico sí existen relojes biológicos con respaldo —los basados en marcas epigenéticas, por ejemplo—, pero se miden en laboratorio a partir de una muestra biológica y no tienen nada que ver con lo que estima una pulsera desde el pulso.
Entonces, ¿sirve de algo llevarlo?
Sirve, y bastante, si se le pide lo que puede dar. Estos aparatos son buenos registrando constancia: cuántos días te has movido, cuánto tiempo has estado sentado, a qué hora te acuestas de verdad y no a la que crees. Ahí no estiman nada, cuentan. Y esa información es la que más se relaciona con lo que interesa a partir de los 50.
Donde toca bajar las expectativas es en los números con aire de diagnóstico. Un reloj no detecta enfermedades, no sustituye una prueba de esfuerzo y su «edad biológica» no es un resultado médico. Una revisión sistemática de 2025 sobre la precisión de los dispositivos vestibles para determinar el consumo máximo de oxígeno y el umbral de lactato apunta en la misma dirección: hay variabilidad considerable entre aparatos y falta validación independiente para buena parte de los modelos del mercado.
Hay un resumen de esto —y de otras veinticuatro cosas de estos años— en 25 cosas que empiezan a cambiar entre los 50 y los 65.


